UNA LOCA OBSESIÓN DE JUSTICIA.

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        La ciudad de Federal siempre se caracterizó por su tranquilidad, su paz y por la calidez de su gente; pero en los últimos meses comenzó a perder estos matices pues se vio envuelta en una ola de asesinatos.

  En un lapso de cuatro meses tres jóvenes aparecieron muertas en un arroyo, con signos de haber sido estranguladas y sus dedos índices amputados. No tenían antecedentes y provenían de familias de escasos recursos. Dentro de las hipótesis manejadas, la Policía evaluaba la posibilidad de un asesino serial operando en la zona, aunque las pruebas aún eran insuficientes para determinar su identidad

       Rodrigo Heller tenía cuarenta y dos años, era profesor de Lengua y estaba casado con Eugenia. Ambos tenían dos hijos: Sonia de quince años y Adrián de dieciséis. Diariamente le tocaba llevar a los chicos a la escuela pues también era su profesor de secundaria; mientras que Eugenia, luego del desayuno, se dirigía al hospital donde se desempeñaba como Psiquiatra. En todos lados sólo se hablaba de los recientes crímenes aún sin resolver. La Policía realizó averiguaciones buscando indicios por todos lados sin resultados positivos.

       Desde hacía varios días Rodrigo se encontraba algo nervioso, impaciente, despistado, dejaba por cualquier lado sus cosas; algo poco común en él, quien era un obsesivo del orden y del control, además sufría pesadillas horribles por las noches.Tal vez dicha conducta se debió a que una de las víctimas fué su alumna.

Una tarde llegó a su casa un oficial de Investigaciones para realizar preguntas a la familia. Rodrigo se había puesto muy nervioso.

—Tranquilo, cariño —le dijo tiernamente Eugenia.

—Lamento molestarlos, pero es parte de la investigación judicial saber lo que cada uno hacía en el momento que se presume asesinaron a la última de las chicas. El hecho hace más o menos una semana, más precisamente entre las 23:30 y 00.30 horas del 25 de octubre —dijo retóricamente el comisario.

—Fui a lo de una amiga a cenar mientras mis hijos se encontraban en una fiesta con sus amigos —contestó Eugenia.

—¿Y usted, señor?

—Estuve aquí, en casa —respondió Rodrigo titubeando.

—Perfecto. Si alguien recuerda algo más, me llaman. Aquí les dejo mi tarjeta.

—Muchas gracias —dijo cordialmente ella.

—Buenas tardes —se despidió el oficial.

Esa noche Rodrigo se fue a dormir temprano. Por alguna extraña razón lavó su auto antes de que su familia despertara al día siguiente.

Despertó sola Eugenia en la cama. Al asomarse por la ventana se encontró a su marido ya secando las últimas partes del vehículo.

—Amor, ¿no te parece un poco temprano para hacer ésto?

—Claro que no, cielo. Pasa que está lleno de tierra y no quiero que los chicos se ensucien —respondió Rodrigo.

Sin dar mucha importancia a la respuesta, Eugenia desayunó, luego tomó su auto y se fue al trabajo. Tenía muchos casos por atender, en su mayoría trastornos comunes fácilmente tratables. Aunque también existía una minoría de pacientes con problemas graves, en especial mujeres con brotes psicóticos serios a causa de haber sido abusadas o violadas. Estas se transformaban en un verdadero peligro para su entorno e incluso para ellas mismas, llegando a mutilar sus propios cuerpos sin razones aparentes.

Cuando los chicos terminaron de desayunar, Rodrigo los llevó al colegio. Al regresar a su casa comenzó a recoger la ropa sucia del piso. El desorden lo inquietaba bastante. Entonces bajó hacia el lavadero y en el trayecto se dió cuenta que una de las macetas de la vereda estaba rota. Por eso resolvió inspeccionar las cámaras de seguridad y ver quién era el responsable de ese hecho. Recorrió las grabaciones de los días anteriores pero no encontró nada. Cuando llegó a la filmación al día 25 de octubre algo le llamó la atención: vio a Eugenia cerca de las dos y media de la mañana descendiendo de su auto con una pequeña conservadora en la mano; luego abrió el baúl, sacó unas sogas que guardó en el cobertizo y entró a la casa.

Al ver todo esto Rodrigo comenzó a preguntarse por qué ella había llegado tan tarde esa noche, actuando de manera extraña. Luego recordó que Eugenia había cenado con su amiga Marta en esa misma fecha, lo cual tenía sentido, aunque las sogas y la conservadora eran todo un misterio que no cuadraba en toda esta historia.

Decidió llamar a Marta en busca de algún indicio que explicara la conducta de su esposa, inventaría alguna excusa para disimular su interrogatorio.

—Hola —dijo la interlocutora.

—Sí, Marta. Soy Rodrigo, el marido de Eugenia. Te va a sonar rara mi pregunta, pero quería saber si recordás la noche que ella fue a cenar con vos. Justo ese día dejé de fumar, pero me olvidé de anotar la fecha para control. Sólo tengo como recordatorio ese evento, ahora ella no está en casa y no quiero molestarla llamando a su trabajo. Por eso te molesto con esta tontería.

—¡Cuánto me alegra! Hiciste muy bien en dejar ese vicio, querido. Mirá, con Eugenia no nos vemos desde el 20 de octubre, lo recuerdo muy bien porque fue mi cumpleaños donde nos juntamos todas —contestó Marta.

—¡Perfecto! Muchas gracias por el dato. Te mando un abrazo —concluyó Rodrigo.

Quedó pasmado por la circunstancia, su esposa había mentido. Comenzó a hacer conjeturas, una más escalofriante que la otra. ¿Dónde estuvo Eugenia aquella noche?

“Esto no puede estar pasando” pensó mientras bajaba al sótano dispuesto a encontrar los elementos sospechosos.

No fue problema hallar la soga, estaba sobre un banquito a simple vista. De la conservadora ni noticias. Luego de mover varias cajas apiladas la divisó cubierta por una manta, como si alguien quisiera hacerla pasar desapercibida. Al abrirla el pánico lo invadió, fríos por el hielo tres pálidos dedos yacían endurecidos, amenazando la vida tranquila que él había construido junto a su familia.

Le costó calmarse, aún temblaba cuando subió para sentarse en la mesa del comedor mirando fijo el recipiente cerrado. El asco que le provocaban aquellas falanges inertes lo llevaban al borde del vómito. Afortunadamente los chicos todavía estaban ocupados en sus clases extracurriculares, demorando su vuelta a casa. Por lo pronto Rodrigo sabía que en cualquier momento llegaría Eugenia y todavía no sabía cómo afrontar ese encuentro.

—¡Hola, amor!¿Qué hay para comer? —preguntó ella mientras colgaba su abrigo y dejaba sus llaves en una mesita al lado de la puerta principal.

—¡Esto! —dijo Rodrigo en referencia a la conservadora que permanecía cerrada sobre la mesa.

Sorprendida se dirigió hacia el comedor donde pudo ver a su esposo sentado tratando de disimular una triste cara de desazón. Allí también se topó con el objeto en cuestión, quedando pasmada a sabiendas de lo que aquello representaba.

—Pero, ¿qué significa esto? —intentó elaborar Eugenia buscando desviar el curso de los hechos.

—Ambos sabemos lo que hay en esta conservadora, amor —dijo él casi llorando—. Necesito que me expliques este desastre.

—¿Cómo la encontraste?

—Hoy al entrar veo que la maceta en borde de la vereda estaba rota, como si un auto estacionando la hubiera chocado —explicó paciente—. Fui a revisar las cámaras que apuntan a la entrada para ver si el hecho había quedado grabado. Como no hallaba nada retrocedí varios días hasta encontrarme con tu auto llegando a la madrugada.

—¿Y entonces…? —dijo ella desconcertada.

—Era la noche del último asesinato.

—Estaba en la casa de Marta, por su cumpleaños.

—Marta cumple el 20 de octubre, esto fue el 25.

Hubo un silencio desgarrador, varios segundos incómodos donde Eugenia bajaba cada vez más la mirada, sintiendo como los nervios se apoderaban de todo su ser.

—Bajaste con una soga y una conservadora que escondiste en el sótano. Simplemente la busqué para ver su contenido —continuó Rodrigo al ver que su esposa estaba petrificada sin decir nada—, imaginate mi susto al ver los dedos congelados.

—Se lo merecían —atinó a decir ella de manera tímida.

—¿Cómo?

Otro intervalo sin palabras. Finalmente Eugenia estalló.

—Eran pacientes que solía atender por problemas graves, casos sin salida. Yo ya estaba desesperada, no podía curarlas y se estaban volviendo un verdadero peligro.Una acuchilló a su abuela dejándola en coma, otra había dejado tres hijos sin comida solos en la casa durante dos días, los nenes casi mueren.

—Falta una —acotó Rodrigo con miedo a la respuesta.

—La primera, esa quiso matarme a mí.

Eugenia se derrumbó en la silla mientras él lloraba sin parar.

—Ella estaba demasiado nerviosa, por eso fuimos al parque en mi auto y le di un calmante fuerte. Cuando se iba adormeciendo sacó unas tijeras que llevaba escondidas en el bolsillo, como ya no tenía fuerzas quedó en eso y nada más. Yo estaba asustada, si despertaba lo volvería a intentar. Así que fui a un lugar más oculto y…

—La soga —completó él.

No hubo respuesta. Ya no era necesaria. Aunque todavía existía un detalle escalofriante por develar.

—¿Y los dedos?

—Eran casos perdidos. Nunca se hicieron cargo de sus problemas, siempre acusando a los demás. Sin dedo ya no se puede señalar a nadie.

Sumergido en el horror provocado por el relato, Rodrigo se dispuso a llamar al oficial de investigaciones que le había dejado su tarjeta. Se dirigió hacia el escritorio donde estaba el teléfono fijo pensando en cómo le diría a sus hijos todo lo que estaba pasando. Jamás llegó a destino, las luces se apagaron.

Al cabo de un rato él despertó con un fuerte dolor en la nuca; Eugenia ya no estaba, la conservadora tampoco. Se incorporó hasta alcanzar el aparato, marcando el número con dificultad.

Para cuando los hijos llegaron ya la Policía estaba presente en la casa de Rodrigo Heller, tanto alboroto sólo aportaba confusión y nerviosismo. Con una bolsa de hielo en su cabeza intentó explicarles que su madre estaba prófuga, siendo buscada por el asesinato de las tres chicas.

Antes de la medianoche un agente llegó para comunicar que habían encontrado el auto de Eugenia volcado a pocos kilómetros de allí. Su cuerpo yacía inerte. La desolación invadió aquel hogar que solía ser el refugio de una familia feliz.

Los comentarios y reportes de los medios durante los siguientes días invadieron la ciudad de Federal, un pequeño rincón del mundo poco acostumbrado a tales sucesos. No hubo alternativas cuando Rodrigo y sus hijos decidieron que ese lugar ya no era cálido para ellos. Se marcharon cerca de fin de año, cuando la gente se prepara para las fiestas y el espíritu navideño distrae la atención,mitigando también el profundo dolor que la muerte había dejado por esos pagos.

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