“MÍRAME CON OTRO OJOS”.

Las primeras horas de la mañana pasaban y Juan seguía contemplando de reojo por el ventanal del departamento a Susy, su bella amiga ahora también vecina, la cual amaba en silencio desde hacía muchos años. Cada día que pasaba lo deslumbraba aún más con su encanto.

Susy no era cualquier chica. Fué su compañera de primaria y secundaria, tenían muchas cosas en común y pasaban todo el tiempo juntos. Durante la universidad estuvieron separados: Juan eligió ser Arquitecto y Susy estudió periodismo. Así conoció a Ignacio, su novio desde hacía ya seis años quien se desempeñaba como ayudante en algunas cátedras.

Cuando se enteró de este suceso, Juan sufrió muchísimo, pues la vió feliz en los brazos de otro hombre.

Pasaron los años y ellos seguían en contacto, cada uno por su lado, hasta que cierto día sonó el teléfono en un horario poco habitual en el departamento de Juan. Era Susy quien lo llamaba llorando para contarle que había terminado su relación.

El problema de la pareja inició con el nuevo empleo que Ignacio consiguió en una empresa multinacional. Pasaba la mayor parte del tiempo trabajando. Prácticamente no se veían con Susy durante el día. A ella no le agradaba esta situación. Su trabajo como reportera en el diario “Clarín” sólo le quitaba ocho horas diarias de su tiempo. Se sintió sola y estaba cansada ya de esta rutina. Todo se agravó aún más cuando le propusieron un ascenso a Ignacio: sería el nuevo gerente de la sucursal que la multinacional abrió en Colombia. Para comunicárselo a su novia le envió un mensaje de texto invitándola a cenar a un lujoso restaurante del centro porteño. A Susy le pareció algo extraño pues ni sus aniversarios festejaban de esa manera. La idea era mudarse solo y viajar en intervalos de quince días hacia Argentina. Cuando se lo contó, ella no podía creerlo:

—¿Estás completamente loco? Encima que vas a casa solamente a dormir dejándome la mayor parte del día sola, ahora te querés ir más lejos. No vamos a vernos nunca. Esto ya es suficiente —concluyó exacerbada.

—¡No amor, estás malinterpretando todo… —trató de explicar Ignacio.

Susy no contuvo su ira y lanzó una serie de improperios que terminaron con Ignacio abandonando el restaurante y ella llorando desconsolada. Lo amaba demasiado a “Nacho”, como le decía cariñosamente. Nunca imaginó su vida sin él. Fué muy dura la separación, por eso Juan al enterarse acudió enseguida a consolarla y sugirió que se mudara a su edificio así no estaría sola.

Si bien Susy era porteña, su familia se vió obligada a radicarse fuera del país, más precisamente a Viña del Mar en Chile, quedando sola en Capital por eso Juan se volvió su mayor contención y principal confidente. Cuando aceptó su propuesta de vivir en el mismo edificio y en departamentos contiguos se mudó enseguida. Estaba animada pues además le quedaba su trabajo cerca.

Juan fué muy paciente. Esperó tanto por ella. Siempre estaba al corriente de todo cuanto hacía. Desde la secundaria cuando se dió cuenta que sus sentimientos por ella eran mayores a una amistad, trató de mantenerse a su lado con cualquier excusa. Así se convirtió en una persona fundamental en su vida aún cuando estuvieron separados durante sus estudios universitarios. El precio que debió pagar por protegerla fue callar su amor por miedo a no ser correspondido y perderla para siempre.

En la empresa de arquitectura donde trabajaba Juan, su amiga iba a visitarlo seguido. Una mañana apareció con dos cafés en la mano:

—Hola señor arquitecto, muy buenos días —saludó con una sonrisa enorme en su rostro.

—Bienvenida señorita —respondió en el mismo tono—, ¿a qué debo esta inesperada visita?

—Extrañaba a mi amigo, ¿está mal?

Esa palabra “amigo” tenía una connotación muy árida para Juan. ¿Acaso nunca se transformaría en amor, cariño?

—Esta noche hay una fiesta organizada por los chicos de la redacción y quiero que vengas conmigo. ¿Por favor? —le dijo Susy en tono de súplica.

—Excelente, será un honor para mí acompañar a tan bella dama —contestó irónicamente Juan, siguiendo el tono de la conversación.

Oportunamente su solitaria amiga se apuntaba a todas las fiestas habidas y por haber,  con el propósito de olvidar a su ex. Esa cita de viernes no tenía ningún tinte de especial. Sería una salida entre dos buenos amigos como acostumbraban siempre.

Cuando llegaron al lugar se dispusieron a disfrutar de la grandiosa velada. Los compañeros de Susy eran muy cordiales. Bailaron y tomaron toda la noche. Luego de unas horas, casi amaneciendo, los amigos salieron al balcón a tomar un poco de aire. Ambos estaban pasados de copas.

—Que noche increíble. Pero aún así lo recuerdo a Nacho, cuando iniciamos la relación, nuestras primeras salidas, siempre volvíamos muy ebrios a casa.

—Lo imagino, pero no pensés en eso, ya es parte de tu pasado —sentenció su amigo.

Después de unos minutos se hizo un silencio sepulcral. Susy miraba fijamente a Juan quien había perdido su vista en el cielo estrellado. Hasta que estrepitosamente le dijo:

—¿Vos nunca me harías eso verdad?

Algo confundido la miró sin entender mucho a que se refería así que solo rió.

—Sí bobo. Nunca me abandonarías como lo hizo Nacho.

En ese momento una electricidad invadió por completo el cuerpo de Juan, sin importarle nada tomó impulso, la abrazó por el cuello y besó apasionadamente. Ella también lo hizo. Pero al cabo de unos segundos decidió soltarlo bruscamente y con mucho nerviosismo enfatizó:

—Esto es una locura. Sos mi amigo. Va a ser mejor que me vaya.

Y así ocurrió. Susy huyó despavorida de la fiesta sin despedirse de nadie. Tomó un taxi de vuelta a su casa. No quería cruzarlo a su amigo. No podía mirarlo a los ojos.

Por su parte y con el corazón roto se hallaba Juan solo en el balcón luchando con sus demonios internos. Sabía que producto de su incontrolable impulso logró alejarla para siempre de su vida. Lloró muchísimo, culpándose por la pérdida. Pensaba que ella jamás lo vería con otros ojos. “Sos mi amigo”, fué tajante en su apreciación. Entendió que ya no había marcha atrás y esa idea le quemaba por dentro. “Qué hago con todo este amor que siento por ella”, se preguntaba una y otra vez.

Al otro día ya con los pensamientos más claros, Susy tomó una decisión. Lo mejor sería viajar a Chile con su familia. Necesitaba unos días de introspección, meditar sobre todo lo que le había ocurrido. El abandono de Nacho y posterior mudanza por un lado y el beso con Juan, su mejor amigo por el otro. Estaba atravesando un colapso emocional. Así que sacó un boleto de avión por Internet, llamó a sus padres para avisarles que viajaba y le escribió una nota a su amigo, que tiró por debajo de la puerta del departamento. Luego tomó un taxi y se fué al aeropuerto.

Con una terrible resaca se despertó Juan esa mañana: “Quién me manda tomar tanto de golpe”, se reprochaba. Cuando se dirigió a la cocina para prepararse un café, levantó la mirada y vió un papel en el suelo. Lo leyó pero no podía contener sus lágrimas:

“Juan:

Me voy unos días a Chile. Necesito tranquilidad, hacer una introspección, estar en paz, para poner mi cabeza y sentimientos en orden. Mucha suerte con tu exposición. Te quiere, Susy.”

—Bueno al menos dijo que me quiere. ¡No, la exposición! —dijo en tono de exaltación.

Unos meses atrás, el jefe de Juan lo nombró coordinador de la exposición anual de arquitectura donde su empresa sería anfitriona esta vez. Si se lucía en ella iba a ser promovido. Con todo el tema de Susy estaba tan compenetrado en acompañarla y contenerla que había relegado sus propios proyectos.

—Me hará bien mantenerme ocupado en algo productivo —se dijo a sí mismo.

Después de varias tazas de café puso manos a la obra con toda la organización. Ocuparía todo ese fin de semana para adelantar. Aún quedaban algunos días, seis para ser exactos.

Los padres de Susy la esperaban ansiosos en el aeropuerto de Viña del Mar. Cuando la vieron arribar corrieron a su encuentro fundiéndose en un afectuoso abrazo. Hacía mucho tiempo que no se veían.

A la mañana siguiente, un desayuno abundante la esperaba en la cocina:

—Buenos  días hija, acá te preparé todo lo que te gusta.  Hasta huevos revueltos te hice —dijo la madre con entusiasmo.

—Gracias mami, sos una genio. Con Juan también desayunamos cuando coincidimos en algunos días libres, tenemos los mismos gustos en comida —recordó con nostalgia. Su madre sólo la miró y rió por lo bajo.

        Más tarde fueron todos juntos de compras al shopping. Cuando pasaron por un local de ropa, Susy se detuvo en la vidriera:

—Esa camisa es increíblemente parecida a las que Juan usa para ir a trabajar. Casi lo confundo con el maniquí —exclamó entre risas.

—Es de buena calidad, se nota —acotó su madre mientras siguieron recorriendo el lugar.

Los días pasaban y la estadía de Susy en Chile era muy placentera. En su cabeza solo recordaba el beso con Juan y lo revivía en cada sueño. Era un evento difícil de explicar pero que le hacía sentir bien. Sin proponérselo, los recuerdos de Ignacio iban desapareciendo “¿Acaso ya no dolían más?”, se preguntaba reiteradamente.

Una tarde estaba sentada en la arena frente al mar con sus padres, ellos le hicieron preguntas respecto a Nacho, pues desde que había llegado no lo nombró en ninguna ocasión.

—Está en Colombia. Terminamos hace ya dos meses. Pero Juan ha estado a mi lado siendo mi contención todo este tiempo. Bueno de hecho él y algunas amigas.

—Otra vez volvemos a Juan, hija —expresó con cierta sonrisa irónica su madre— creo que se volvió muy importante para vos tu amigo de la infancia.

—No ha parado de hablar de él desde que llegó —aseveró su padre.

Susy sonrió. Había caído en la cuenta de que inconscientemente todo en su vida remitía a Juan casi por decantación. ¿Será posible que mis sentimientos por él son superiores a una amistad?, pensaba. La duda iba carcomiéndola por dentro al tiempo que el recuerdo de ese beso se intensificó. Su corazón se aceleraba cada vez que las imágenes de esa noche inundaban su mente. Cuando la tarde avanzó volvieron a la casa. Susy fué a dormir muy pensativa. ¿Acaso estoy enamorada de Juan?, era la pregunta que afloraba en el intento por esclarecer sus raciocinios. Esa noche tuvo un sueño muy revelador.

En Capital los días pasaron como una luz. Juan no dió crédito de todo lo que le faltaba por hacer. Estaba tan cansado y la exposición era tan solo en horas. Por dentro el recuerdo de su amor siguió doliéndole. No tenía noticias suyas desde la partida. Tampoco había posteado nada en sus redes sociales. “Se tomó muy a pecho lo de la introspección”, pensó. Él deseaba tanto que Susy estuviera ahí en ese momento tan importante para su carrera.

Al otro lado de la cordillera una persona estaba ansiosa por verlo. Cada hora de espera se hacía eterna. De pronto no contuvo más las ganas.

—Mamá, papá, me vuelvo a Argentina —gritó de repente.

—Hija, ¿tan pronto?

—Sí mamá, no soporto más esta incertidumbre, necesito ver y hablar urgentemente con Juan.

—Si es tu decisión te apoyamos —dijo su madre mirando al marido quien asintió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Te llevamos al aeropuerto.

—Está bien papá, enseguida estaré lista.

Ese vuelo fué el más largo del mundo para Susy. Quería arribar cuanto antes y de sorpresa motivo por el cual no avisó a nadie de su regreso.

Cuando llegó a Capital observó la hora en su reloj y concluyó en que la exposición de Juan ya habría iniciado, por eso decidió tomarse un taxi directamente para ese lugar.

Los invitados habían colmado el salón de la exposición. Todos vestían muy formales. Prometía ser una agradable velada. En el preludio del evento, el encargado de la organización daría su discurso para inaugurar la muestra. Juan estaba muy nervioso por ese suceso. Inmediatamente el conductor del evento lo anunció para que subiera al escenario.

—¡Buenas tardes para todos! Es un honor organizar esta exposición arquitectónica, una de las más grandes de la región… —interrumpió su discurso estrepitosamente porque al levantar su mirada entre la multitud la vió a ella. Ambos se conectaron con la mirada. En eso él trató de recomponerse y siguió con su discurso. Al finalizar luego de que los presentes lo ovacionaron, bajó apurado del escenario para reencontrarse con su amor que lo esperaba ansiosa.

—¡Susy viniste!

—¿Y perderme tu cara de tonto cuando hablaras? Creéme que no estaba en mis planes –dijo con una sonrisa nerviosa.

—Te extrañé mucho, pensé que después del beso no iba a verte más.

—Desde que me fuí no paré un segundo de pensar en ello. Increíblemente mis padres me hicieron entender que no podía parar de nombrarte en toda mi estadía en Chile. Yo no me daba cuenta.

Juan quedó estupefacto. No dió crédito de todo lo que oyó. Por dentro lo invadió una felicidad enorme, ¿sería ese el momento que tanto esperó por años? ¿Por fin su amiga correspondería a su amor?

—…y así fué como llegué acá —siguió relatando Susy—, necesitaba acabar con esta incertidumbre. Siento cosas muy fuertes por vos y no es hasta ahora que me dí cuenta de todo ello. Y me animo a decírtelo pero tengo miedo de que me digas que no.

—¿Terminaste? —le preguntó Juan con picardía.

Ella asintió con una expresión nerviosa al tiempo que Juan se aproximó y le robó un beso apasionado en medio de toda la multitud.

Juan no consiguió el ascenso, su esfuerzo se cristalizó solamente en una buena exposición, aunque eso ahora ya no tenía mayor importancia para él.

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