“Suspicacias”.

          Cierto día me encontraba sentada a la orilla del río como acostumbraba siempre en mis ratos de introspección. A lo lejos divisé un barco que partió hacia el infinito con rumbo incierto. Me sedujo la idea de poder cargar mi mochila de emociones negativas en él y que las pueda llevar muy lejos de allí. Esos delirios concupiscentes me invadían circunstancialmente.

              Y ahí estaba, tratando de recordar viejas épocas en las que la inocencia me caracterizaba. Intentaba hacer foco en un recuerdo en particular: cuando todo carecía de importancia pues contaba con esa mano protectora que me brindaba seguridad, permitiéndome hacer cualquier cosa sin importar las consecuencias. Recuerdo haber perdido el tiempo entre los árboles del campo persiguiendo el trayecto de los pájaros bajo el tibio manto del sol mañanero en épocas de verano. Las pescas en el arroyo con los chicos ante la atenta mirada de mi madre. Los juegos vikingos entre los primos cada domingo de reunión familiar. Las competencias automovilísticas con el sillón de la abuela. En fín, esos años quedarán para siempre en la memoria y en el corazón, volviéndose mimos para el alma cuando uno los rememora. Son los indicios de que el tiempo pasó y nos hizo grandes, forjándonos y convirtiendonos en lo que hoy somos.

                      De repente una voz coarta mis pensamientos:

                    —Querida, ¿me podrías decir la hora?

Me dí vuelta y veo a una señora que me sonreía mientras sostenía la correa del perro.

                 —Son las 7 de la tarde —le respondí.

                 —Muchas gracias nena. ¿Qué haces sola acá? —me preguntó.

                —Vine a contemplar el río y el hermoso atardecer. Vengo acá a meditar también cuando algo  devora mis pensamientos.

               —Me parece muy bien pero recordá mi cielo que nada nos afectará si nosotros no permitimos que eso pase —me contestó con dulzura.

          —Tiene mucha razón, señora —le respondí— pero a veces atravesar estos momentos nos hace crecer y valorar otros aspectos de la vida. Las crisis son necesarias ya que después de ellas viene el cambio.

               —Estás en lo cierto, pero nunca te olvides de tu esencia y de dónde venís. Son nuestro norte cuando no encontramos la salida.

           Terminó de decir estas palabras y desapareció tan pronto cuando levanté la mirada. Fué muy raro como si se la tragó la tierra a ella y a su perrito. Me invadió un escalofrío aterrador.

              Me acomode y seguí observando como el cielo se iba fundiendo en la inmensidad del río.  ¡Qué maravilloso espectáculo de la naturaleza! En ese mismo instante escuché el sonido de un obturador. Cuando miré por encima de mis hombros ví a dos personas asiáticas que sacaban fotos.

             —Disculpar señorita si asusté —me dijo una de las chicas en un gran esfuerzo por hablar español.

             —No hay problema no me asustaron —les respondí—. ¿Andan de visitas por acá?

             —Sí señorita nosotras pasear aquí. Es duro vivir en país superpoblado, poco espacio verde. No hay belleza así como acá. Hermoso este lugar dan ganas de quedar, pero trabajo ser importante allá en Japón —me comentó la otra turista.

              —Muchas gracias que lindas palabras. La verdad que sí por ahí nosotros estamos acá no valoramos lo nuestro tanto como ustedes. Pero somos privilegiados de habitar este suelo.

              —Trabajar mucho y disfrutar poco en mi país —agregó la otra chica de repente con tristeza— no tener tiempo de nada. Por eso exploramos mucho acá. Bueno  señorita, nosotras seguir camino, buenas tardes.

             —Mucha suerte y sigan disfrutando —las saludé mientras se alejaban.

            El diálogo con las japonesas me dejó pensando aún más. Cómo nos cuesta valorar lo que tenemos o en su defecto lo hacemos tarde cuando ya lo perdemos o nos toca partir a otro lugar. Es menester aprovechar mientras podamos de lo que la vida nos ofrece. Atesorarlo en lo más profundo del alma. No sólo se aplica a los lugares sino también a las personas.

           La tarde iba cayendo lentamente como invitándome a retirar del lugar. Una suave brisa fresca me atravesó el cuerpo. “Qué frío está y no me traje abrigo” me reprochaba. En ese instante alguien que se encontraba cerca escuchó mi auto reproche y dijo:

           —Te presto mi campera así no te enfermás.

          Sorprendida levanté la vista y ví a un bello muchacho de ojos claros, morocho y alto, de elegante sonrisa y una amabilidad envolvente.

          —Hola. Muchas gracias —le respondí entre risas—. Debes pensar que estoy loca porque hablo sola.

        —Este mundo gobernado por cuerdos sería muy aburrido, los locos dominaremos el mundo —concluyó con seriedad.

         Ambos reímos al unísono porque fué graciosa la escena.

        —Me llamo Martín justo pasaba por acá y te escuché —me dijo mientras extendía su brazo para darme su campera.

         —Un gusto Martín, soy Brenda —respondí aún sorprendida.

         —El gusto es mío Brenda, ¿qué hacías por acá?

      —Me gusta mucho ver el atardecer y meditar cuando tengo muchas cosas en la cabeza. Es una buena terapia.

       —Ahora veo por qué te olvidaste la campera —me dijo riéndose.

       —Pensé que no iba a estar tan frío, esa es la verdad —le respondí.

       —¿Y por qué una chica como vos tendria cosas por las cuales meditar? —me interrogó.

       —Situaciones de la vida que te hacen replantear las decisiones que vas tomando, cosas cotidianas. Personas que llegan y se van de tu vida de un día para otro. Son todos procesos que hay que asimilarlos de la mejor manera que uno pueda.

       —No sabia que el río fuese tan terapéutico en ese sentido. Pero me resulta interesante saber más —me contestó Martín.

       —Claro que lo es. Su perspectiva te ayuda a entender muchas cosas que creías obsoletas. El río tiene fuerza, empuje. Es inmenso y en su grandeza es sabio e inspirador.

      —Me encantan esas palabras. Nunca lo hubiera definido mejor. Pero tenes razón es bueno analizarlo desde tu óptica. ¿Querés que tomemos algo así continuamos la charla?

      —Sí, dale vamos. Suena interesante tu idea —le respondí de inmediato.

      Y ese día no fue como cualquier otro en el que me invadían las suspicacias. Me encontré con situaciones enriquecedoras y personas que dejaron algo en mí. Supe que la vida se cristaliza según el lado con que la mires y tu mochila puede pesar más o menos dependiendo lo que estemos dispuestos a soltar. Esto supone asumir un riesgo, “pero qué sentido tendría vivir la vida si no somos capaces de arriesgarnos” me dije mientras  lo miraba a Martín servir la primer ronda de cervezas.

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1 comentario en ““Suspicacias”.

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